¿Estar solo o sentirse solo?
Muchos confunden y usan ambas expresiones como si fueran lo mismo, pero “estar solo” y “sentirse solo” no son equivalentes”.
“Estar solo” describe una circunstancia objetiva: es decir, no hay otras personas físicamente presentes en ese momento.
Y dependiendo de la personalidad de cada quien, esta experiencia puede ser incluso deseada.
Me explico: hay personas que disfrutan del espacio a solas, una tarde sin compañía, leer, caminar, cocinar. Mientras otras preferirán pasar fines de semana enteros rodeados de gente y buscar todo tipo de actividad que le reporte estar en contacto con otros. Y por supuesto, hay quienes – tal vez una mayoría – que oscilan entre disfrutar el “estar solo” y “el estar acompañado”.
Dime, ¿te resuena estar rodeado de gente o en ausencia de ellas, y en cualquiera de los dos escenarios, experimentar una sensación de soledad difícil de explicar? Una que te lleva a sentir una profunda soledad.
La explicación puede estar en que “sentirse solo” obedece a un plano más íntimo y subjetivo. Una vivencia que pareciera anclarse en una sensación de que, aun cuando existan vínculos, sigue faltando algo esencial.
La raíz no está en la cantidad de personas que tenemos alrededor ni en cuántas forman parte de nuestra vida, sino en la calidad del encuentro que logramos construir con ellas y en cómo percibimos esos vínculos.
Donald Winnicott, psicoanalista del sigo XX, concebía la capacidad para estar solo como un logro del desarrollo emocional. Él no se refería al aislamiento, sino a la posibilidad de permanecer con uno mismo sin experimentar inmediatamente angustia o vacío.
De él viene esta hermosa frase: “la capacidad para estar solo se construye, originalmente, gracias a la experiencia de haber estado solo en presencia de otra persona.”
Poder disfrutar momentos de soledad no significa no necesitar de los demás.
Significa que nuestra identidad no depende exclusivamente de su presencia.
Otro concepto valioso y relacionado a lo que he descrito es el Apego, que probablemente podremos profundizar en otro artículo o Reel en mis RRSS.
La soledad no siempre depende de cuántas personas tienes cerca
Durante años se pensó que la soledad era consecuencia de tener pocas relaciones sociales. Hoy sabemos que esa explicación resulta equívoca e insuficiente.
El psicólogo e investigador John Cacioppo, uno de los mayores especialistas en el estudio de la soledad, mostró que esta no depende tanto del número de vínculos que tenemos como de la percepción de estar protegidos, comprendidos y conectados con otros.
Y esto tiene consecuencias que van mucho más allá de lo emocional.
A veces pensamos que la soledad es únicamente una experiencia emocional, que duele por dentro. Sin embargo, nuestro cuerpo no hace esa distinción. Para él, sentirse profundamente solo también es una forma de vulnerabilidad.
Cuando la experiencia de sentirse solo se vuelve persistente, el cerebro comienza a funcionar como si viviera en un entorno más amenazante. Detecta rechazo con mayor facilidad, interpreta señales ambiguas como peligrosas y favorece conductas defensivas que, paradójicamente, terminan dificultando aún más el encuentro con los demás.
Pero sus efectos no terminan ahí.
Esa percepción de desprotección también deja huellas en el cuerpo. Diversas investigaciones muestran un mayor riesgo cardiovascular, alteraciones del sueño, aumento de procesos inflamatorios y una mayor probabilidad de desarrollar enfermedades físicas cuando la soledad se vuelve crónica.
Es decir, el organismo no responde únicamente a la ausencia física de personas, sino a la vivencia de no sentirse verdaderamente acompañado.
Quizás por eso dos personas pueden vivir experiencias completamente distintas frente a una misma realidad.
Una persona puede vivir en el centro de una ciudad, asistir a fiestas, estar rodeada de su familia, pareja, amigos y compañeros de trabajo y, aun así, padecer efectos psicológicos y biológicos severos, si no se siente verdaderamente comprendida o integrada. Para el cerebro, el peligro no radica en los kilómetros de distancia física, sino en la percepción de desprotección social.
También puede ocurrir lo contrario: tener pocos vínculos, pero sentir una profunda sensación de pertenencia y conexión, no padeciendo ningún dolor psíquico.
En palabras simples, no es solo una diferencia de cantidad. Es una diferencia de calidad.
Todos necesitamos espacios de encuentro. Con otros y también con nosotros mismos.
La soledad no siempre desaparece cuando alguien llega a nuestra vida. A veces comienza a transformarse cuando encontramos un lugar donde podemos dejar de actuar, sentirnos comprendidos y descubrir que no necesitamos esconder parte de nosotros para ser aceptados.
Una parte del trabajo terapéutico consiste en ofrecer precisamente eso: un encuentro. Un espacio donde la persona pueda sentirse escuchada, comprendida y acogida sin tener que actuar o esconder partes de sí misma. Porque, a veces, no es la cantidad de personas que nos rodean lo que comienza a transformar la soledad, sino la experiencia de sentir que, al menos con alguien, ya no tenemos que atravesarla solos.


