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Si sabes que tienes que tienes que poner límites… ¿por qué a veces no puedes?

  • Foto del escritor: María José Sazie
    María José Sazie
  • 5 jul
  • 3 min de lectura

Hay personas que saben perfectamente que necesitan poner límites.

Saben que están diciendo que sí cuando quieren decir que no.

Saben que terminan haciéndose cargo de cosas que no les corresponden.

Si sabes que tienes que tienes que poner límites… ¿por qué a veces no puedes?Saben que vuelven a aceptar situaciones que las hacen sufrir.

Y, sin embargo, vuelven a hacerlo.

 

Incluso hay quienes ensayan durante horas una conversación en su cabeza, imaginan cómo lo dirán y, llegado el momento, dicen otra cosa.

 

La conclusión más rápida a las que llegan ellas mismas u otros es:

"Debe faltarme (le) voluntad."

 

Pero si el motivo fuese solo ese, probablemente bastaría con entender lo que está pasando para dejar de hacerlo o aprender a decir “no”. Lo curioso es que muchas personas comprenden el problema y, aun así, se repiten el mismo patrón.

 

¿Y si la dificultad de poner límites estuviese protegiendo otra cosa?

 

En ese caso, aprender cómo hacerlo no basta, porque no se trata de una habilidad técnica o una conducta que se puede entrenar.

Poner límites es una decisión que ocurre dentro de una historia.

Y esa historia puede despertar culpa, miedo a decepcionar, temor al conflicto, miedo a parecer egoísta o incluso a perder el vínculo con alguien importante.

 

Y cuando lo que parece estar en juego no es una conversación, sino la posibilidad de perder a alguien importante, el límite deja de ser una frase.

Se transforma en una amenaza.

Desde afuera puede parecer desproporcionado.

Pero desde adentro suele tener mucho sentido.

 

Y hay una paradoja en todo esto.

Quienes se resisten a poner límites por miedo a dañar una relación suelen terminar dañándola de todos modos.

Porque el resentimiento se acumula en silencio hasta aparecer como distancia afectiva, pasivo-agresividad o desprecio.

 

Esta dificultad casi siempre es un mecanismo de defensa que se construyó en el pasado y que sigue operando en el presente.

Porque, en el fondo, poner límites es un acto de autoafirmación y eso puede llegar a sentirse como un riesgo de perder a los demás.

 

El psicólogo Gabor Maté plantea que las personas nacemos con dos necesidades fundamentales: el apego y la autenticidad.

Y que, si de niños aprendemos que para conservar el apego (o el amor de los papás o de quienes nos cuidaban) debemos sacrificar la autenticidad (por ejemplo, no enojarnos, no decir que no o complacer constantemente), es posible que de adultos sigamos reproduciendo esta estrategia.

Como si en algún lugar muy profundo, decir lo que necesitamos todavía significara arriesgar el vínculo.

 

Poner límites requiere tolerar una dosis importante de malestar.

A veces también la culpa.

Es empezar a a cambiar lentamente una idea por otra:

de

“Le estoy haciendo daño al otro”

a

Estoy protegiendo mi espacio”

 

Te lo explico con una metáfora.

Imagina que tu vida es una casa sin puertas, rejas, ni ventanas, donde cualquiera puede entrar, abrir tu refrigerador, mover los muebles o quedarse a dormir.

Al principio tal vez lo permitas para no ser descortés o por miedo a que se enojen.

Pero con el tiempo terminarás agotado, invadido y resentido en tu propio hogar.

 

La psicoterapia puede ser un camino para comprender qué amenaza aparecer cuando intentas poner un límite.

No para eliminarla de un día para otro, sino para entender de dónde viene y por qué alguna vez fue necesario protegerse de esa manera.

 

Ir a terapia no es aprender a pelear con el mundo.

Es aprender a cuidar ese espacio propio desde el cual es posible recibir a los demás.

Porque una casa con puertas no deja de ser una casa acogedora.

Simplemente permite decidir cuándo abrirlas.

María José Sazie

Psicóloga Clínica

Atención online y presencial

Adultos  Adolescentes  Parejas

 

Registro Superintendencia de Salud N° 100824

 

© 2026 María José Sazie

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