¿Todo el mundo necesita psicoterapia?
- María José Sazie
- 27 jun
- 2 min de lectura
Hace algunos años, si alguien me hubiera hecho esta pregunta, probablemente habría respondido que sí.
No porque creyera que todas las personas estuvieran “enfermas”, sino porque me parecía evidente que cualquier ser humano podía beneficiarse de conocerse mejor, comprender sus emociones, revisar algunos de sus patrones de relación o acercarse a ese “algo más” que nos hace hacer cosas que no solemos hacer, pensar cosas que no quisiéramos pensar y sentir cosas que no sabemos por qué las sentimos.
Con el tiempo, sin embargo, mi respuesta se ha vuelto menos categórica.
No porque haya dejado de creer en la psicoterapia. Sino porque la experiencia me ha hecho sospechar que no basta con sufrir. Si bien, el sufrimiento suele ser una condición frecuente para consultar, no lo es necesariamente para trabajar.
Me planteo si el núcleo de la pregunta inicial debería ser la “necesidad”. Porque incluso entre quienes sufren, no todos los procesos llegan al mismo lugar. Algunos producen cambios profundos, otros parecen avanzar lentamente y otros abandonan el proceso sin encontrar aquello que buscaban.
Tal vez el problema no esté en responder la pregunta inicial, sino en que esa pregunta deja fuera aquello que realmente determina el valor que una psicoterapia puede tener para una persona.
Algunos deducirán que mi hipótesis es que la psicoterapia es una experiencia enriquecedora para cualquier persona, pero que eso no se traduce en que pueda ser recomendada para todos de la misma forma, desconociendo que existen momentos subjetivos distintos y que su potencial transformador depende, entre otras cosas, de que exista una inquietud, una duda o una pregunta que nace desde el interior de quien acude y no de otros.
¿Por qué tropezamos siempre con lo mismo?
¿Por qué un problema parece repetirse en cada nueva relación?
¿Por qué, por más que intento, no consigo que algo mejore?, etc.
Esto llega a explicar por qué un proceso psicoterapéutico se vive de maneras completamente distintas en una etapa de la vida en comparación con otras, o por qué hay momentos en que hace sentido y otros en los que asistir parece no reportar valor.
Ese justo momento pareciera llegar cuando la vida nos enfrenta a una pregunta que se nos vuelve imposible continuar esquivando, como si las vendas de los ojos cedieran con el tiempo o los ventanales empañados con que nos volcamos a ver el mundo comenzaran a volverse nítidos.
A pesar de todo lo anterior, sería un error obviar que hay quienes asisten sin esa pregunta intrínseca, a veces con solo un leve esbozo de inquietud, y otras totalmente “empujados” por otros: la pareja, los papás, etc.
En estos casos también hay trabajo por realizar, uno distinto para cada situación, y que puede basarse en ayudar a construir una comprensión propia del problema que otros están viendo o favorece el surgimiento de una pregunta verdaderamente propia cuando no existe.
Cualquiera sea el punto de partida desde donde se inicia una psicoterapia, atravesar la experiencia no resulta inocuo, ya sea porque una pregunta finalmente encontró un lugar donde desplegarse o porque comenzó a construirse por primera vez. Cuando ciertas preguntas aparecen resulta difícil volver a relacionarse con la propia historia exactamente de la misma manera.


